jueves, 24 de mayo de 2012


FESTIVAL DE CANNES 2012



EL CINE ARGENTINO



El cinematógrafo Lumière (foto) se presentó por primera vez en Buenos Aires el 18 de julio de 1896, dos días antes que el Vitascope de Edison. Fue un francés, Eugène Py, quién filmó los primeros metros de película, una bandera argentina ondeando al viento. El nacionalismo impregnó el primer éxito de público, Nobleza gaucha (Humberto Cairo, Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche, 1915) (Foto), que narra las peripecias entre el campo y Buenos Aires (entonces la principal metrópolis sudamericana) y cuyas bromas pesadas se llevan a cabo a costa de un inmigrante italiano poco espabilado.



En ausencia de una Cinemateca nacional digna de este nombre, es gracias al Museo municipal del cine de Buenos Aires que conocemos hoy en día el cine mudo argentino. El último Malon (Alcides Greca, 1918), producida en Rosario, ilustra el dilema clásico de Sarmiento entre la civilización urbana y la barbarie de las provincias indígenas, con una mezcla curiosa de autenticidad y astucia. Esta problemática conoció una versión más compasiva y convencional, La quena de la muerte (Nelo Cosimi, 1928).


Durante la época muda, las proyecciones en la calle Corrientes, el Broadway porteño, estaban acompañadas por las “orquestas típicas” dedicadas al tango. Max Glucksmann, explotador, distribuidor y productor de noticias, también fue el primer editor de partituras musicales, en un momento en que la música argentina se convertía en un producto de exportación.

En otras palabras, la llegada del cine hablado favoreció los vasos comunicantes entre tango y cine. El director José Agustín Ferreyra, cuya carrera comenzó en 1915, se impregnó del ambiente melodramático de la canción popular y convirtió a Libertad Lamarque en una auténtica estrella. La Paramount comprendió rápidamente el potencial del tango y contrató a su principal intérprete, Carlos Gardel (Foto), leyenda viva antes de su muerte accidental en 1935.



Los productores argentinos explotaron hasta la saciedad la misma línea, alternando los melodramas lacrimógenos y las comedias populistas. Una actriz de verbo desbordante ha pasado a la historia: Nini Marshall (Foto), a la que Alfredo Arias rindió un merecido homenaje.
















En la antesala de la Segunda Guerra Mundial, los grandes estudios se multiplicaron en la periferia de Buenos Aires: Lumiton, Argentina Sono Film y Estudios San Miguel, donde los refugiados republicanos españoles encontraron refugio cerca de un patrón de ascendencia vasca, Miguel Machinandiarena. Así, <strong>La dama duende (Luis Saslavsky, 1945) (Foto) es una sabrosa kermés heroica hispánica, con diálogos de Calderón de la Barca revisados por el poeta Rafael Alberti.



A pesar de que Argentina dominaba la producción en español, Estados Unidos respaldó a su principal competidor, México, por motivos políticos. En efecto, los militares que se adueñaron del poder en 1943 mantuvieron una neutralidad complaciente respecto a los alemanes, muy presentes en Argentina.

Durante el régimen del general Juan Domingo Perón (1945-1955), una joven actriz, su esposa Evita Perón (Foto), impuso una lista negra de artistas prohibidos en la pantalla y a través de las ondas. Libertad Lamarque (Foto,der), Marshall y muchos otros tuvieron que emprender el camino del exilio y reforzaron al rival mexicano. El control peronista se concentró en las noticias, pero el temor ancló la producción argentina en sus viejos clichés.























La modernidad, que fue derribando sus barreras en los cineclubs de posguerra, se expandió tras la caída de Perón, favorecida por la creación del Instituto nacional de la cinematografía en 1957. La figura de la transición entre los grandes estudios y el cine de autor fue Leopoldo Torre Nilsson, hijo de otro director, Leopoldo Torres Ríos, dotado de una sensibilidad realista.

El tándem formado por Torre Nilsson y la novelista Beatriz Guido, su esposa, produjo una obra impregnada de un clima opresivo y una estética expresionista, incluso barroca: la trilogía La casa del ángel (1957), La caída (1959) y La mano en la trampa (1961), lo sitúa entre los diez cineastas vivos más importantes, según la crítica anglosajona.
A lo largo de una carrera prolífica e inigualada, Torre Nilsson no dudó en utilizar un neorrealismo crudo (El secuestrador, 1958) (Foto), en atacar los bloqueos políticos (Fin de fiesta, 1960), o en adoptar la libertad de tono de la nueva generación (La terraza, 1963), que mantuvo contra la censura y contra la pusilanimidad de los productores tradicionales.




La “generación de los años 60” o “Nuevo Cine” es una nebulosa heterogénea donde cohabitan David José Kohon, Leonardo Favio, Lautaro Murua, Manuel Antin (Foto), Fernando Birri, entre otros, más o menos divididos entre la inquietud social, el intimismo y las influencias literarias. Sin embargo, antes incluso de haber alcanzado su apogeo, este relevo se topó con nuevas prohibiciones, tras el golpe de Estado de 1966.






Bajo la presión, el cine se encontró polarizado entre una tendencia a la radicalización militante, simbolizada por el documental La hora de los hornos de Fernando Solanas (Fotos) y Octavio Getino (1968) y la alegoría, como muestra magníficamente Invasión (1969), de Hugo Santiago, basada en un guión de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.


















La primavera democrática de 1973 favoreció un abanico de expresión más amplio, pero tuvo una corta duración, porque el putsch de 1976 sumió a Argentina en el terror. Este período asistió a la afirmación de los directores Adolfo Aristarain (Tiempo de revancha, 1981) y María Luisa Bemberg (Camila, 1984).



El renacimiento del cine bajo la democracia es un auténtico milagro, tras una evolución caótica, poco propicia a la producción. Manuel Antin contribuyó en dos sentidos. En primer lugar, a través de su gestión pluralista al frente del Instituto nacional de la cinematografía, en 1983, durante el regreso de la democracia, y en segundo, mediante la creación en 1991 de la fundación Universidad del cine (FUC), que supuso el punto de partida de una auténtica explosión de los estudios profesionales en Buenos Aires.

Convertida en una metrópolis efervescente, la capital inauguró un festival de cine independiente que le arrebató la primacía al festival internacional de Mar del Plata, sometido entonces a los avatares institucionales. >¡Buenos Aires es sin duda la ciudad con el porcentaje más alto de estudiantes de cine por habitante del mundo!

Gracias a este deseo de redención a través de la imagen ha nacido un nuevo cine argentino con el cambio de siglo. El país no había conocido nunca una profusión similar de vocaciones, tal variedad de tendencias. El gran público local e internacional asistió en masa a ver El secreto de sus ojos (2009), dirigida por Juan José Campanella, un argentino acostumbrado a las series estadounidenses, merecidamente oscarizado.



Los cinéfilos retuvieron desde su primera película los nombres de Pablo Trapero (Mundo grúa, 1999), de Lucrecia Martel (La ciénaga, 2001) y de Martin Rejtman (Silvia Prieto, 1998). Aquellos que no se amilanan ante la crudeza añadirán sin duda a Lisandro Alonso (La libertad, 2001) o Israel Adrián Caetano (Bolivia, 2001).

Hijos de militantes desaparecidos o muertos durante la dictadura militar abrazaron el documental subjetivo, con una narración en primera persona, para proceder a su trabajo de duelo o al deber de memoria, sin complacencia respecto a generaciones precedentes, como muestran Los rubios (Albertina Carri, 2003) y M (Nicolás Prividera, 2007), precedidos por La T.V. y yo (Andrés Di Tella, 2002) por su subjetividad asumida.

La esperanza e incluso la fe en el futuro del cine no es lo que les falta a los argentinos. Ojalá fuera contagioso…

ARGENTINA EN CANNES

Elsa Daniel, la musa de Leopoldo Torre Nilsson, destacó en Cannes ya desde 1959, durante la presentación de La caída. El propio director fue premiado en 1961 por la Fipresci por La mano en la trampa. La reputación internacional de Torre Nilsson se debe en gran medida a la crítica inglesa y francesa. Marcel Oms le dedicó una primera monografía ya en 1962, en la colección Premier Plan, dirigida por Bernard Chardère, un habitual de la Croisette.

Los asistentes al festival tuvieron el privilegio de ver una película maldita de Manuel Antin, Los venerables todos (1962), sobre la mentalidad fascista reinante en Buenos Aires, que no se había proyectado siquiera en su propio país.

En el festival de 1985, Norma Aleandro, gran dama de la escena argentina, logró el premio de interpretación femenina (ex aequo con Cher) por La historia oficial, de Luis Puenzo (Trailer), premiado por el jurado ecuménico, antes de recibir el año siguiente el Oscar a la mejor película extranjera.




En 1988, fue Fernando Solanas quién, beneficiado por los años de exilio en Francia y por su exitosa transición a la ficción, logró el gran premio a la mejor dirección por Sur, una película que destila música y versa sobre el pasado que no pasa y la imposible vuelta atrás. De regreso en la Croisette cuatro años más tarde con El viaje, Solanas logró el premio ecuménico y el premio de la Comisión Superior Técnica.

Las secciones Un Certain Regard, la Semana de la Crítica y la Quincena de Realizadores han tomado el relevo en cuanto a la nueva generación de cineastas argentinos.

Festival-cannes.fr
Por Paulo Paranagua (Periodista e historiador de cine)
El Festival de Cannes agradece a los autores su contribución desinteresada

Posted by Mário Rozano

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